En Rwanda no existen
las salsas como en México. Existe esta cosa extraña que la gente llama acabanga. El nombre no dice y realmente no se
que significa. En un pequeño frasco gotero, como aquellos que una persona
cualquiera, normal, utilizaría para aliviar un par de ojos rojos, irritados tal
vez por el polvo, de un camino de tierra, igual a los muchos que existen en
Rwanda.
Acabanga es bastante
picosa como comerla todos los días. El primer día que llegué aquí, tal vez
algún hermano la sugirió para acompañar la comida y seguro de mi orgullo
mexicano-salsero me aventuré a probarla en la palma de mi mano. Ahora sólo la
tomo alguna que otra vez, cuando me viene a la garganta las ganas de sentir un
pequeñito sabor a México. Claro, las ganas de me siguen quedando aún después de
la acabanga, pero al menos tengo esta sensación molesta que me distraer el
pensamiento y me obliga a estar bebiendo algunos vasos de agua.
Debo decir también
que a Lindsey le encanta, y no se si esto me fastidia o me entretiene. Creo que
más bien me entretiene. Ella dice que tomará varias botellas de este elixir
consigo a los Estados Unidos. Simplemente hay cosas de la vida, de Rwanda y de las
mujeres, que nunca voy a llegar comprender.